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Digno vástago del fabricante de caleidoscopios resultaste.
Jugás a los dados y la Tierra entera es tu paño de piedras, aceros y carnes.
(¿Sentías que te miraba?. Se ha confirmado que no somos nuestro reflejo).
Un cráneo delgado, secretamente modelado con tres o cuatro dedos. Sé cómo lo hace el artesano: coloca una mano en el cenit y otra en donde calzará más tarde la garganta. Y se ayuda a olvidar oyendo “No permitas que eso te haga caer” (¿vendrá a su memoria una virgen entre las sombras, una bolsa bailoteando en un remolino de viento, un túnel de otoño?).
Como no me pertenecías supe exactamente lo que pensabas.
Consumías vidrieras de terciopelos y lináceos, llevabas las manos cruzadas al pecho;
Una vez te arriesgaste demasiado y te detuviste a mi lado a contemplar la figura del dragón negro, de ojos amarillos, de garras encaramadas al peñasco.
(Temblé, creí que ibas a decirme algo).