Sunday, April 13, 2008

Mancha

Me persiguió con terquedad hasta acorralarme - tengo un vívido recuerdo del momento y de la pared - Se colocó delante de mí, me rodeó con sus brazos, uno a cada lado de mi cuerpo, a modo de una jaula de la que nunca hubiese querido huir, me miró fijamente a los ojos, cabal conocedora del temblor y del brillo, y disfrazándose de mujer se acercó hasta una proximidad inusitada para pronunciar su sentencia:
“Mancha”.
Reía.
Quiso confesarme algo, pero se nos escurrió el tiempo.
Trece años ella, doce años yo.

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Saturday, December 16, 2006

Alquimia II

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Ocho treinta, el arrebato del cuerpo.

 

Digo que también nosotros accedemos, en idénticas circunstancias, a cuerpos ajenos sin tener ganas. Y entonces tocamos, nos tocan. Cuando el cuerpo se transforma en una especie de cosa que cargamos, como un bolso o una cartera; una cáscara. El reencuentro habrá de tener lugar en la exploración. El hacedor será un dedo del otro, de aquél al que sí permitimos el acceso y que surca el monte y traza una espiral en el ombligo. Y vierte una laguna detrás de la oreja, y habla un secreto de aire tibio salido de la nariz y estremece el costado, se pierde en el cuello, abrasa.

 

 

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Saturday, October 28, 2006

Alquimia entre la amistad y los adioses


 

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La frontera entre el adiós y el hasta siempre la zanjaron unas vacaciones de verano color amarillo. Nadie supo decirme nada acerca de su destino; probablemente yo no haya sabido preguntar.

 

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Por qué la aventura sobre los techos ha de verse reducida a llamadas de cumpleaños y por qué el tiempo acumulado no garantiza la nulidad de la distancia o el silencio, quizás no haya de saberse. Quizás se trate de una pregunta cíclica, con destino de nube, de vapor. De luz de carnaval.

 

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Se conjura aquél sortilegio de los nombres, el mío pasa a ser el suyo en boca de los desprevenidos. El suyo para a ser mío en los oídos de los más perspicaces.

Supongo que en el trayecto de toda existencia se ha de poder identificar momentos donde el camino parece desviarse definitivamente. Observado desde arriba, uno logra distinguir con claridad el mapa y no se necesita más que seguir la flecha para conocer el cabo y rabo de cada sendero. Pero, en la superficie, cuando los ojos se hallan a la altura misma de la cinta, el horizonte es eso que cercena la vista a los tres, veinte, cien metros.

En la cuesta de una calle, una tarde no lo reconocí. Y él, sabiendo que me perdía pero aceptando ese costo, liberó la voz para hablarme de su claudicación.

En caída vertiginosa precipitaron monumentos y amaneceres, aparatos en la boca y fervores, consecuencias y coincidencias.

A cientos de miles he perdonado que hayan cambiado.

A veces el perdón se tiñe de resignación y así hace su patria.

Sin embargo con él, el perdón fue utopía.

 

 

 

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