Thursday, May 14, 2009

Azulejos por cuatro

Equilibrio

Un mosquito cruza la oscuridad con insistencia y puntería. Lo sé por la alarma siseante que delata su vaivén. La persiana, hacia la jungla. La cortina, bailotea. Una tía traspasa la puerta entre furtiva y dispersa, y deja un plato con exequias de una torta sobre la repisa. No suelo dormir mucho la primer noche en un lugar distinto.

Sikus

El aire es eso curioso que nos hincha de vida, que apenas si se deja ver cuando se apodera de un puño de polvo o toma cautiva una hoja en el límite del abismo. Que al pasear por sobre una cabeza, despeina; y por un tubo, canta.



Espirales

Suelo ir hacia esos rincones un poco penumbrosos, cubiertos de polvillo, inexplorados. Aunque también me gusta cuando se atreven a lanzarse al conteo sin excusa. Y dicen, sin permiso: “me gusta enervar el lomo de una gota con el dedo índice” o tan solamente “prefiero el café sin azúcar”.



Tangram

Sin embargo, el convite sigue siendo penetrante.
Hoy un fragmento. Hagamos de cuenta que cerramos los ojos (o podemos cerrar los ojos sin hacer de cuenta) y el bosque nos rodea.

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Saturday, May 2, 2009

Sofía



Me gusta cambiarle el sentido a las cosas; me gusta percibirlas por donde no se debe.

Por ejemplo, me inclino a decir del grito que es celeste o que la orquídea sabe a palo de lluvia.

Un poco sin querer. Supongo que el abrazo esconde la causa.

Me distraje con la ventana, tal vez, o con el invierno.

Todo era muy sencillo hasta allí, tiempo de oír las cosas que reverberan, de ver lo que se invierte en la pupila.

Pero desprecié la última imagen que me obsequiaban dentro del poco espacio que todavía queda para las imágenes finales y acabó la época de bonanza sensorial.

Luego no fue lo mismo aproximarse a nada que estuviese muerto, como un hueco, o vivo, como un retazo de jalea.

Por qué me perdí de aquél obsequio a cambio de morder la sábana, a cambio de tocarme el ombligo, de pestañear dos veces o frotarme el brazo para quitarme el menos cero, no lo sé.

Tal vez si me hubiese dicho que aquella era la última, que había decidido no sé, o esto, o lo otro, hubiese actuado en consecuencia.

Eso es lo que he perdido. La consecuencia de tocar es quemarse y la de contemplar, aterrarse.

Pero no. Se reservó el secreto. No abrió la boca, apenas la puerta (o mucho la puerta, sinceramente no sé) y partió llevándose consigo un misterio que sabe a, que sabe a. ¿Cúpula? ¿Aguja? ¿Broche en el cabello?.

Desde entonces, rememorar su partida me duele en azul verdoso, en higo en el yeso y, un poco menos, en cartón corrugado.

El agua me ayuda, menos mal. Cuando me sumerjo el tiempo suficiente, el universo se reacomoda. Y lo grave vuelve a golpear el vientre, y lo blanco a cegar y las voces a perderse.

Luego debe llegar el momento de salir, de arroparse. Pero yo me quedo un rato más ahí, levitando en el líquido, arrugándome, postergando el regreso al mundo seco, a la toalla, al espejo, a las antenas.

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