Sofía

No abrió la boca, apenas la puerta (o mucho la puerta, sinceramente no sé) y partió llevándose consigo un misterio que sabe a, que sabe a. ¿Cúpula? ¿Aguja? ¿Broche en el cabello?.
Desde entonces, rememorar su partida me duele en azul verdoso, en ojo en el yeso y, un poco menos, en cartón corrugado.
El agua me ayuda, menos mal. Cuando me sumerjo el tiempo suficiente, el universo se reacomoda. Y lo grave vuelve a golpear el vientre, y lo blanco a cegar y las voces a perderse.
Luego debe llegar el momento de salir, de arroparse. Pero yo me quedo un rato más ahí, levitando en el líquido, arrugándome, postergando el regreso al mundo seco, a la toalla, al espejo, a las antenas.

