
Existe una palabra que nadie pronuncia;
la historia predice que libre, su eco despliega malabares
en el aire, por siempre.
Basta con abrir la boca una vez,
entonces no se la puede dejar de oír.
Esa palabra es síntesis del devenir;
un secreto de tan radiante, estremecedor.
Es cierto,
también,
que quien la pronuncia se precipita en un sueño
del que no se regresa;
quien desbarata el sortilegio
paga el precio de caer en el estrecho orificio
de un abismo circular. E hiberna.
Pero hay una última cosa que es cierta:
nadie puede pronunciar aquella palabra bendita,
pues se trata de un término conjurado para el olvido,
una articulación imposible,
la nota ingrávida del caminante.
Si lo intenta un hombre común, su lengua ha de anudársele,
su garganta ha de ser perforada por su propio hálito amargo.
Entonces, ¿qué es la palabra si no prevé como destino
una voz que la moldee?
Un segmento de puntos, una ventana a un cuarto vacío; ondas en el cristal.
Ha de venir un ser color púrpura a romper el silencio.
Una silueta de panal.
Una pupila de mujer.