Libélulas de celofán II
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Porquerías que me traje de un arrullo
Vela.
La pareja se sume en la penumbra ambarina de la llama. La llama nace de una vela y danza. Ese baile silencioso propone sombras que se extienden a lo largo de una pared de ladrillo a la vista.
La pareja parece conocerse mucho o conocerse apenas. Cabeza con hombro; quieren besarse y lo harán en un instante que cae de verde.
Arena.
La huella permanece impresa en la arena por breves instantes. El agua brota desde las entrañas y nada sobrevive del sujeto que alguna vez posó su pie en la parcela.
Caracoles.
La niña de la sonrisa cansada pierde su oportunidad para recoger caracoles. Tiene dolor de panza y no cumple con la promesa que ha hecho a un desconocido. Llevaba un poco de aliento de mar en su puño, pera ha debido tomarse el vientre en una puntada y tras abrir la mano el aire ha vuelto a ser parte del agua y la sal.
Lluvia.
En este reducto de mundo, cuya pretensión lo conduce a veces a querer constituirse en un mundo entero, ha llovido con insistencia. Según cómo se lo mire, me he visto perjudicado o beneficiado con la cándida caricia del agua. Cuando por la mañana parecía que una campera sería necesaria, se ha convertido por la tarde en un exceso. Y cuando viceversa, viceversa.
