Sunday, November 12, 2006

Libélulas de celofán II

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Porquerías que me traje de un arrullo

 

Vela.

La pareja se sume en la penumbra ambarina de la llama. La llama nace de una vela y danza. Ese baile silencioso propone sombras que se extienden a lo largo de una pared de ladrillo a la vista.
La pareja parece conocerse mucho o conocerse apenas. Cabeza con hombro; quieren besarse y lo harán en un instante que cae de verde.

 

Arena.

La huella permanece impresa en la arena por breves instantes. El agua brota desde las entrañas y nada sobrevive del sujeto que alguna vez posó su pie en la parcela.

 

Caracoles.

La niña de la sonrisa cansada pierde su oportunidad para recoger caracoles. Tiene dolor de panza y no cumple con la promesa que ha hecho a un desconocido. Llevaba un poco de aliento de mar en su puño, pera ha debido tomarse el vientre en una puntada y tras abrir la mano el aire ha vuelto a ser parte del agua y la sal.

 

Lluvia.

En este reducto de mundo, cuya pretensión lo conduce a veces a querer constituirse en un mundo entero, ha llovido con insistencia. Según cómo se lo mire, me he visto perjudicado o beneficiado con la cándida caricia del agua. Cuando por la mañana parecía que una campera sería necesaria, se ha convertido por la tarde en un exceso. Y cuando viceversa, viceversa.

 

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Monday, November 6, 2006

Oriente

 

 

[...]

Digno vástago del fabricante de caleidoscopios resultaste.

Jugás a los dados y la Tierra entera es tu paño de piedras, aceros y carnes.

(¿Sentías que te miraba?. Se ha confirmado que no somos nuestro reflejo).

Un cráneo delgado, secretamente modelado con tres o cuatro dedos. Sé cómo lo hace el artesano: coloca una mano en el cenit y otra en donde calzará más tarde la garganta. Y se ayuda a olvidar oyendo “No permitas que eso te haga caer” (¿vendrá a su memoria una virgen entre las sombras, una bolsa bailoteando en un remolino de viento, un túnel de otoño?).

Como no me pertenecías supe exactamente lo que pensabas.

Consumías vidrieras de terciopelos y lináceos, llevabas las manos cruzadas al pecho;

Una vez te arriesgaste demasiado y te detuviste a mi lado a contemplar la figura del dragón negro, de ojos amarillos, de garras encaramadas al peñasco.

(Temblé, creí que ibas a decirme algo).

 

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